Al final del curso pasado un alumno – Diego P. - ,
me regaló un precioso libro de Hermann Hesse titulado El caminante,
que cuenta con ilustraciones del propio autor.
Bellas acuarelas, coloridas aguadas. Pinturas
que en el papel de la cuidada edición se convierten en fiesta para los
ojos.
Caseríos, paisajes sombríos, montañas, lagos, cielos encapotados…
El camino del caminante.
El libro se abre con un texto que en su día formó parte de la
introducción
de otro libro de Hesse, el primero que yo leí de ese autor
hace más de 30 años: Demian. Libro iniciático de descubrimiento
personal
en el que el protagonista se debate entre la atención a un dios –
Abraxas –
que le llama a ser él mismo aun a costa de no seguir los cánones
sociales,
y el descubrimiento del deseo a través de la madre de su mejor amigo,
Fräu Eva. ¡Qué páginas! ¿Qué me dirían ahora?
El texto en cuestión es este:
“La vida de cada hombre es
un camino hacia sí mismo,
el intento de un camino, el
esbozo de un sendero:
ningún hombre ha llegado a
ser él mismo por completo;
sin embargo cada cual aspira
a llegar, los unos a ciegas,
los otros con más luz, cada
cual como puede”.
Es, como dice la prologuista Ana María Carvajal Hoyos,
el tema central de la literatura de Hermann Hesse:
El ser humano en busca de su destino.
El caminante es un buscador. Se camina porque se busca.
Y se busca en otra parte. A veces tan lejos que no se encuentra.
Pero hay que hacer muchos kilómetros para llegar al interior de uno
mismo…
Esta experiencia de
transformación y reencuentro interior
en el libre transitar por
los senderos de la vida y la naturaleza
es de la que se ocupa este libro.
Por otra parte, en el libro de poesía que vengo leyendo con paciencia
y atención desde hace una par de semanas:
“En voz alta. Las poetas de las generaciones de los 50 y los 70” Poesía Hiperión. Sharon
Keefe Ugalde.
En ese libro, hoy me he encontrado con la voz de la malagueña
María Victoria Atencia y con su poética. En ella dice:
“De una taza, lo que me
interesa no son su asa o su cuenco
(aunque los describa en mera
función de literatura),
sino su interior colmado de
vacío. Por eso el poema representa
un salto al vacío. Pero al
vacío, no a un aire circense sin red.
Porque lo que busca la
poesía es anonadarnos en esa especie de nada
que no es una falta de
consistencia sino de referencia.(…)”
“Entréme donde no supe, y
quedéme no sabiendo…” S. Juan de la
Cruz.
Así, en este cantar al vacío de la forma y a la forma del vacío,
en este eco desnudo que a veces arrojan las palabras
cuando se tocan con el alma o cuando se dicen con el silencio,
M.V. Atencia propone su poema “Final” que comienza con una nota
de T.S.Eliot: I have a cat in mind…
“Es cierto que abandonó una noche su lugar de acomodo
a mis pies de la cama, cuando ya estaba hecha a su
calor
y sin duda ella al mío, después de casi veinte años
- ¿dura tanto una vida? – de convivencia, amor y
entendimiento.
Sin duda quiso ahorrarme el horror del final. Y se
fue.
Sencillamente se fue, felonamente, sin que yo alcance
a adivinar adónde”
Dice esta bella dama de
muchos años, que todo final es una
anécdota,
y tiene razón, lo que importa
es cómo se ha vivido y a quién o a qué
se ha servido…
Pues bien, con Hesse,
Atencia, Eliot y con Dios, hoy me levanto…
Iosu
Moracho
Viernes 24
agosto 2012



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