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sábado, 21 de julio de 2012

La liebre con ojos de ámbar Una herencia oculta. Edmund de Waal


Edmund de Waal ha escrito en Acantilado un precioso libro -365 págs-, titulado La liebre con ojos de ámbar. Una herencia oculta. Esa herencia convierte a Edmund en el poseedor y también en el custodio de unas cuantas historias, una sensibilidad y una colección de netsukes, miniaturas realizas en madera, porcelana o cristal, en lugares tan dispares como Edo, el antiguo Tokio en el siglo XVIII o en Viena, Berlín, Odesa, París, Bad Ischl, Kövecses… Lugares ligados a sus antepasados, a su familia en diáspora permanente.

La herencia es la historia de la familia, la historia de una sensibilidad compartida de generación en generación. Edmund, ceramista, creador, artista y coleccionista recorre en un feed-back autobiográfico la historia de sus antepasados, para realizar el viaje de su vida y transformarse a sí mismo, conformándose como persona y como individuo en medio de una colectividad..

Todo empezó con una liebre con ojos de ámbar…

Todo comenzó con una reflexión acerca del tiempo y de los puntos de vista, de los enfoques que realizamos para enfrentarnos a la vida o para tomarla en nuestras manos.

La melancolía… es una especie de vaguedad por defecto, una frase evasiva, una asfixiante falta de foco.

La melancolía como un mal enfoque, como resultado de un enfoque desplazado de la realidad.

Enfocar algo significa dejar en la penumbra el contorno. Lo enfocado y lo difuminado. La luz y lo ensombrecido. La nitidez y lo diluido.

Vaguedad sobre algo. Es como si se pretendiera concentrar toda la atención sobre algo, pero no se consigue, y entonces quedamos a merced de la melancolía, como en un estado de ensoñación que nos deshilacha y nos desmadeja hasta deshacernos y convertirnos en vacío. Vaguedad. Vacuidad. Poco a poco. Como esas vallas que arrancan día a día pedazos de lana a las ovejas cuando pasan junto a ellas…

La melancolía, la enfermedad del alma. El espíritu en manos de un mal fotógrafo.

La magia de los textos evocativos, como éste, es precisamente la de ayudar al enfoque realizando una especie de circunloquio, una perífrasis sensitiva en forma de espiral. Evocar no es nombrar, es señalar sutilmente y esta sutileza convierte al lector en sujeto de este descubrimiento, inducido por el escritor-evocador.

El faro que ilumina los arrecifes de las costas sólo pretende que quien navega tenga buen camino.

Hoy nos faltan faros y nos sobran focos. Quizás por eso, estamos todos deslumbrados o casi ciegos, incapaces de fijar la atención en donde se merece.

Hay lugares que uno no quiere compartir con nadie y que se reserva para esos momentos de crecimiento personal, lugares en los que el foco muestra los propios acantilados y farallones personales. Hay, sin embargo, otros lugares que precisan la compañía, la socialización del vértigo, porque si no fuera así la experiencia compartida no podría darse.

El buen ceramista sabe de superficies y de volúmenes. Se ha graduado en lo tridimensional con la ayuda de sus ojos y sus manos. Su silencio interior y su espíritu. Los objetos que crea son partes de sí mismo, hijos que viven fuera de él mostrando su intimidad desnuda.

Cuando pienso que Dios es alfarero me refiero a esto. Cuando siento que la poesía se realiza en un alfar, en el taller de un ceramista de la palabra, me refiero también a esto.

Soy capaz de leer cómo un borde crea tensión o la pierde. Puedo percibir si fue hecho aprisa o con diligencia. Si tiene calidez.
Veo bien cómo funciona con los objetos que tiene cerca. Cómo desplaza cierta parte del mundo que lo rodea.
También recuerdo si un objeto me invitó a tocarlo con toda la mano o sólo con los dedos, o si pedía que uno se apartara.

Hay cosas en este mundo que están hechas para ser admiradas a distancia. Hay otras cosas que están hechas para ser tocadas, manejadas, manipuladas. Cometemos un gran error cuando confundimos unas cosas con otras. Y el resultado en todos los casos no es otro que la fractura. Somos responsables de todo aquello que rompemos o corrompemos.
Y evidentemente, esto es cuestión de enfoque, de permanecer bien enfocados a la vida…


                                              Iosu Moracho
                                              21 de julio de 2012

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