El
origen de la materia
Antes de que existiera el Bosón de Higgs,
un casi nada que lo explica
todo, - como alguien ha dicho,
tú y yo ya estábamos en el pensamiento de Dios.
Antes de la nada, detrás del principio, debajo de la materia
que aun no había sido creada, ya éramos amados por el Dios de la Vida
y habíamos sido soñados como suma de partículas ordenadas.
Antes de que la
Palabra fuera dicha, la Palabra
fue escrita para nosotros en el sueño de Dios.
Hoy me ha llamado un amigo,
charlamos y bajamos al pozo enseguida
(con los amigos se puede hacer eso),
así, me pregunta a bocajarro:
¿Tú crees que hay algo, después?
Lo primero que siento es que la pregunta está mal formulada.
Yo creo que hay alguien antes, le digo.
Alguien que nos siembra para un después.
No me imagino cómo será ese después, me faltan las palabras.
Me habla del póster de una vieja revista científica,
un desplegable de la
Historia de la
Humanidad , desde el Big-Bang…
Al final de la página, nosotros, dice.
Nuestras ideas, nuestras ideologías, nuestras religiones,
nuestros dioses y nuestra absurda historia llena de sangre y
violencia, sueños no cumplidos y pequeñas derrotas cotidianas.
Al final de la página, nosotros…
¿Sabes cuál es la diferencia entre un perro y un gato?
El perro no salta la valla de tu casa
y si le llamas viene con la cabeza baja.
Al gato lo tienes todo el día encima de la valla,
desafiándote, mirándote a ti con la cabeza baja.
A veces desaparece dos o tres días y cuando regresa no te da explicaciones
mientras tú, le ruegas que baje y que entre en casa.
No sé si Dios nos quiere perros o gatos, ¿me entiendes?
¿Tú crees que hay algo después, después de la valla…?
Hoy he cambiado de gafas.
Las dioptrías han aumentado a velocidad de vértigo
en estos últimos meses.
Pasados los cuarenta ya se sabe:
las gafas para leer, las preguntas sobre la existencia,
los sueños incumplidos y la crisis de realismo.
¿Habrá algo después de la valla…?
Sigo haciéndome las preguntas importantes,
esas que no tienen respuesta, ni siquiera cuando miras un atardecer
en el horizonte.
Dios existe pero no impide las vallas.
Quizás nos quiera gatos, después de todo.
Estoy en la terraza de mi casa escribiendo esto
bajo la intimidad de un parasol.
Nadie puede verme y a nadie puedo ver,
pero tengo un sentimiento de desnudez total.
En cualquier momento alguien entrará por mis poros
y me habitará. Soledad habitada…
Los chopos de la regata hablan por mí.
Sus hojas temblonas dejan pasar a su través pequeñas partículas
del sol que cae.
¡Que levante la mano
aquella persona entre todos ustedes
que vio cumplido uno solo de sus sueños…! –dijo el viejo maestro.
¡…! ¡Enhorabuena! Va usted a vivir el resto de su vida
sabiendo que no habrá más sueños
que vayan a cumplirse!
¡Ha llegado usted a Ítaca a mitad del camino…!
Le digo a mi amigo que Dios nos quiere como somos.
Con nuestras dudas y con nuestras desesperaciones,
con nuestra inmovilidad y nuestra apatía,
con toda nuestra desconfianza. Nos ama.
En su poema Inventario, el
poeta norteamericano Billy Collins
escribía que hay poco tiempo
para derrochar,
unas pocas velas encendidas,
una pecera llena de lunes,
una hilera de viernes…
Poco tiempo.
Cuando oscurece siempre
necesitamos a alguien, escribió Scott Fitgerald,
y tenía razón porque habitualmente vivimos inmersos en la noche
oscura.
El frío existe
para que alguien nos arrope.
Y si me apuras, pero para esto hace falta mucha fe,
el calor fue creado para que otro alguien nos desnude
y nos deje desarmados.
La desnudez del abandono,
esa que nos deja sin palabras.
Tú y yo ya fuimos amados
antes que se inventara la física de partículas.
Newton, Heisenberg, Einstein y Max Planck
ya estaban en los planes de Dios cuando nosotros no habíamos
descubierto
que éramos seres habitados.
Como ese viento de calima que trae las arenas de África
e impide que veamos el horizonte con claridad,
la crisis de nuestra existencia,
es esa ráfaga que nos raya la vida y nos llena los ojos de dudas.
Poco tiempo para derrochar.
Me angustia esto últimamente.
Te cuento un sueño:
Voy en tren.
A ninguna parte, pero voy en tren.
Cuando he subido no sé porqué lo he hecho
y tampoco he preguntado la dirección a donde vamos.
Esos rostros que me miran en silencio
me estaban predestinados desde el inicio de la formación de la
materia.
Esa sonrisa que me han regalado
estaba escrita en las entrañas del Big Bang.
No sé la edad que tengo.
No encuentro un espejo para saber cómo es mi rostro.
El universo es curvo, ya se sabe,
Sólo sé que tengo una pelota en la mano
y una madre en la otra.
Soy sentado entre ambas
justo enfrente de la niña que regala sonrisas.
Einstein descubrió en un tren la Teoría de la Relatividad.
Yo acabo de descubrir que las braguitas de la niña son azules
y que tiene todo el calor del verano.
Sé que vamos a alguna parte.
Siempre hay un principio y un final.
La eternidad es la ausencia de todo eso.
También sé que alguien nos espera al final del camino.
Está escrito en todos los andenes desnudos…
Cuando me aburro, me levanto
y miro el paisaje que pasa
y no pienso que soy yo el que pasa.
Todo lo que dejamos atrás
comienza a perseguirnos, dice la poeta
Sandra Santana.
Cuando nadie me ve, saco la pelota por la ventana
y la dejo caer. Me sigue despacito.
Es cierto. Todo es relativo…
Iosu Moracho

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