Hoy amaneció con el suelo del piso seco,
y las nubes empotradas en la cima de las montañas.
Pero el ambiente húmedo y ese viento racheado que soplaba desde
el sureste, eran presagios del granizo
que vendría por la tarde.
Abuela siempre decía que a los presagios había que tratarlos
como a invitados a los que se aprecia.
Y abuela siempre tenía razón.
A mediodía los
cielos llevaban capote de guerra
y después de comer, sonaron las trompetas y los fusiles de la tormenta
entraron sin llamar por la ventana del comedor.
¿Qué tendremos que aprender con esta lluvia, con estos barros,
con esta suerte de reflejos en los charcos,
con la humedad de estos días pasados y con estos lodos al lodo del
alma…?
¡Qué tendremos que aprender, sí!
Y cuando lo hayamos aprendido, ¿no será entonces, la lluvia,
quien nos lo borre, sin dejar marca?
Estoy con Heráclito, el oscuro, el filósofo de las paradojas,
el autor sin libro.
De él escribe Ernesto Cardenal, sólo se conservan fragmentos.
Cacharrería, despojos, restos de sueños,
toda una suerte de cachivaches y tripicallerías filosóficas y místicas
que sorprenden por su profundidad y por su hermetismo.
En Heráclito ha habido un proceso de transformación
y de fundamentación personal, -¡ha llovido, y mucho!- una iniciación
a los misterios del ser.
El Logos se ha revelado y se revela con claridad en sus palabras.
Hay luz en la noche oscura.
Hay sabiduría sembrada en sus pensamientos.
Hay agudeza de espíritu en la superación de los mitos
-el pensamiento mítico, la religión popular
con la que Homero había sostenido el alma griega-.
Hay intuiciones del hombre nuevo
que está llamado a amarrar la vida entre sus manos.
Abuela decía que había que atar a la vida todo aquello
que no queríamos que se escapase:
los amigos, las cartas que venían del pasado,
la música que nos hacía soñar y las miradas que no queríamos perder
en el olvido.
En Heráclito, el hombre de fuego, hay alusiones
a la realidad invisible de Dios,
-el Logos, lo sabio, la verdad oculta-
ese Dios que se manifiesta en la realidad visible y cotidiana.
Con Heráclito, los dioses quedan atrás y definitivamente el hombre
crece,
como crecí yo con el humo que alargaba el fuego de la hoguera.
Heráclito, el oscuro, -para algunos-,
el luminoso, -para Thomas Merton-: su
punto de vista filosófico
es el de un místico…
Heráclito, -para Ernesto Cardenal-, un profeta de Cristo
que hace presente el
misterio de la muerte y la resurrección.
¿Qué es místico?
¿Qué es profeta?
¿Qué es resurrección?, abuela, ¿Tú te vas a morir?
Las palabras que aprendimos cuando éramos chicos
no alcanzan
porque todas las palabras ponen límites y poseen perfiles,
pero Dios, el Uno, el que da sentido a todo y unifica todo
está fuera y aparte de todo.
Por eso precisamente puede actuar y actúa sobre la Historia
y es la Palabra
de las palabras, -Logos-
en el mayor de los silencios.
Abuela murió y se llevó muchos secretos.
Quizás no quiso contármelo todo…
Hoy sigo con Heráclito, después de la tormenta.
He traído a la mesa de trabajo un librito de poemas de Adrienne Rich,
la ensayista norteamericana que nació en 1929
y que murió el pasado 27 de marzo de este año, 2012.
Abuela decía que las coincidencias no existen,
que son una manera poética, o mágica, que tienen las estrellas
de decirnos algo. (A veces Abuela hablaba así de Dios)
Y entonces, en el libro de Rich, aparece una cita sobre el fuego,
el arché para Heráclito.
Es una cita de la Primera Epístola
a los Corintios, de San Pablo,
del capítulo 3, 13:
La obra de cada uno será
manifestada
y la obra de cada uno, cual
sea,
el fuego hará la prueba…
El espíritu del fuego que cantábamos en torno a las hogueras de
campamento, ¿quién podía pensar entonces en la muerte?
El fuego hará la prueba…
Seremos medida del fuego, medidos por Él,
y arderemos en Él.
(Las mayúsculas son para los que aun piensan que existe el infierno,
me dijo una vez la abuela, cuando cerró una mano del siete y medio
con un siete y una sota)
Pero Él juntará nuestras cenizas
aunque hayan sido sopladas a todos los vientos
y esparcidas por nuestros enemigos.
Adrienne Rich, la poeta, la ensayista, la feminista,
la defensora de los derechos
humanos de las minorías,
la que ha convivido con los
baluartes morales de su época
y los lleva en la piel de sus
palabras.
De Bertolt Brecht recoge esta
pregunta:
¿Qué tiempos son estos
en los que es casi un crimen hablar de árboles
porque significa callar ante tantas injusticias?
¿Será que esta vez el bosque
no nos deja ver el árbol?
En los tiempos actuales no me
imagino
una “poesía de raíz”,
que no hable de las
injusticias
aunque para ello tenga que
talar los árboles de las palabras
o incendiar el diccionario
del idioma.
Brecht sabía que debíamos
hablar del árbol,
pero las injusticias, eran
entonces y lo son ahora, todo un bosque.
De Rosa de Luxemburgo,
la combativa muchachita judía
polaca, de clase media,
nacida en 1871 y asesinada en
1919,
también nos habla la Rich …
Rosa estuvo afiliada a las
corrientes revolucionarias socialistas europeas,
fue internacionalista y
anticapitalista,
hoy habría acampado en Sol,
en Plaza de Cataluña…
Soldados alemanes fascistas
la asesinaron en Berlín
y arrojaron su cuerpo a un
canal.
Adrienne Rich recuerda que
Rosa escribía cartas a sus amigos.
En año nuevo de 1916, desde
la prisión donde estaba confinada,
les dijo:
Traten de continuar siendo seres humanos
¡con la que estaba cayendo,
una tormenta de las de antes!
¡Seres humanos! ¡Mensch! era
el término en yiddish/alemán
para “ser humano”.
Significa poner con alegría la propia vida en la
balanza del destino,
pero al mismo tiempo,
disfrutar cada día esplendoroso y cada nube hermosa del horizonte.
El mundo es muy hermoso a pesar de todos sus horrores.
(Lo mismo que decía Abuela…)
La fotografía: (Hervé Petit: Del blog Somos-agua) Gracias, de antemano...


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