Ayer por la tarde
pusimos en la terraza la pequeña estantería
que encontré en la basura.
Tú le
colocaste cortinillas con chinchetas
y yo la
calcé del desnivel del suelo
con un
par de pinzas rotas.
Luego
fuimos a la cocina
y del
cajón de las cazuelas
nos
llenamos los brazos de botes de alubias, garbanzos
y de
cardo
y los
colocamos en los estantes de la terraza.
Aun hubo
sitio para la leche
y las
latas de maíz, atún y piña
que
tanto color dan a nuestras ensaladas.
Entonces
vimos la flor,
la
planta que te habían regalado
hace
unos días en la oferta de una tienda que cerraban.
Había
quedado olvidada a su suerte
en el
rincón sombrío al lado de las cebollas, las patatas
y las
naranjas sin brillo pero con buen zumo
que
tanto hemos disfrutado este año.
Estaba
mustia,
los
pétalos se habían arrugado
y los
tallos se deslizaban hacia la tierra
en un
proceso depresivo y de cansancio
fruto de
la impotencia,
como si
no esperara nada más de la vida,
como si
la virginidad de la esperanza
se
hubiera jugado en una partida de dados
y no
hubiera tenido suerte.
La
llevaste al fregadero,
le diste
el agua que pide todo sediento
y la
mirada que imploran todos los náufragos.
Recuerdo
que yo dije unas palabras de lástima y de consuelo.
A veces
eso es lo único que se puede hacer
para
acompañar en el dolor..
A veces
ni eso es necesario y basta con el silencio…
Cuando
fuimos a dormir
llevaste
la planta afuera, a la terraza,
al
estante superior de la estantería
que
habíamos recuperado.
Hoy por
la mañana, de madrugada,
he ido a
la terraza a buscar una caja de leche
y he
visto que la plantita había revivido.
Los
pétalos volvían a estar tersos
y los
tallos se sostenían firmes, hinchados y verdes
a la
espera de los rayos de sol que luego llegarían.
Antes de
irme a trabajar
te he
escrito una nota:
“El agua
de ayer
ha
revivido la planta del hoy.
El
futuro está lleno de esperanza”.
Iosu Moracho Cortés
Abril 2013

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