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Poemas escritos por Iosu Moracho by Iosu Moracho is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.

sábado, 30 de marzo de 2013

La miel



Hay un poema dulcemente goloso, amargo y trágico...

Es un poema del escritor siberiano Evgueni Evtuchenko.
Cuando lo leí por primera vez me empalagué de dolor, de impotencia,
de rabia contenida.
El poema habla de la miel y del hambre,
de la dignidad y del desprecio.
Yo lo leí, lo tomé en mis manos y como si fuera una película
me colé en sus escenas y lo adapté a mi lenguaje.
Tenía la necesidad de desprenderme de toda esa melaza
que se queda en las manos cuando uno se vuelve goloso y egoísta.
Esta fue mi forma de lavarme…

Eran tiempos de guerra.
Los años del frío, como los llamó alguien.
Tiempos de hambre, señorío de la muerte y aprendizaje de la supervivencia.

Lo peor de la calaña humana salió a la luz,
como el oso que ha pasado todo el invierno agazapado
en la oscuridad de la cueva.

Es un pueblo perdido en medio de la nada,
en ese mar de hierbas que llaman estepa.

Fue en el cuarenta y uno,
cuando las cosechas servían por entero
para alimentar a los soldados que defendían la vieja noción de patria.
Y el pueblo pasaba hambre,
se moría de hambre
y se comía la tierra
y las cortezas blandas de los abedules y de los arbustos
y las suelas sucias de los zapatos.

Un día, en el mercado,
el viejo usurero a quien todos odiaban
llevó para vender
un gran tonel rebosante de miel.
Pero como el viejo sabía que la gente no tenía dinero
anunció sin pudor alguno
que cobraría en especie:
jerseys, abrigos, joyas perdidas en los baúles del antaño,
guardatesoros en cajitas de madera labradas a mano,
gorros de piel de conejo, guantes, bufandas, zapatos…

Una larga fila de harapos
y de hambrehambrientos se fue haciendo
desde las calles embarradas
hasta el centro del mundo: el altar del tonel.


El viejo miraba las ropas y no los rostros.
Así, iba seleccionando las buenas prendas:
los jerseys de lana sin desconchones, los abrigos apelmazados
por las palas del batanero,
los collares con brillo después del paso de la mano,
las bufandas de muchos inviernos con olor a hierbas aromáticas…

Un anciano salió de la fila con su tarro de miel… y sin zapatos,
perdiéndose en los caminos helados de tierra, en calcetines.
Una mujer entregó una saya de luto
y otra una manta bordada con las letras de un novio que no volvió.
Ambas llenaron de miel sus botellas de agua caliente.

Una pequeña esperaba en la larga cola
con un vaso vacío
en cuyo fondo bailaba como una piedrita
el anillo de bodas de su madre.

Entonces llegó el coche de caballos
y se paró junto al viejo usurero.
Y del pescante descendió un joven aristócrata comerciante en paños
que miró la miel y luego al viejo,
ignorando la fila de rostros y silencios.

Te pagaré en alfombras, hermano, dijo.
Me llevo todo el tonel. Subámoslo aquí arriba.

Y se marcharon juntos.
La cola inmóvil, absorta, sombría,
arrebatada del último poro de dignidad que aún tenía.

¡Hermano!, decía una viejita.
¡Le ha llamado hermano!
¡¡Cuántos parientes hace el dinero!!

Hoy, qué lejos queda el cuarenta y uno,
qué lejos el hambre
y qué adentro…

El viejo hace mucho que murió
y nadie parece recordar donde fue enterrado.
Pero el joven, ahora viejo, vive todavía
y aún se relame sus golosos bigotes
con toda la piel del pueblo,
la miel de la guerra,
la miel del hambre…

Bueno, esa es mi adaptación…

Y éste es el poema original de Evegueni Evtuchenko:
La miel
Voy a contarles algo sobre la miel.
Alguno se dará por aludido.
Más no importa que alguien no comprenda
que se refiere a él.
Escuchad
esta historia de la miel.
En el cuarenta y uno,
en Tchistopol,
año sin pan ni sol,
en el mercado
nevado
sacaron un tonel,
un enorme tonel
de miel.
Era un canalla el vendedor,
un negociante del dolor.
Y el dolor formó cola,
sencillo,
amargo,
desvalido.
No cobraba en dinero,
sino en jerseys,
en relojes
o en cortes de traje.
Su mano ensortijada de entendido
despreciaba con gestos harapos evidentes.
Todo lo examinaba a la luz, atentamente.
Mientras con una mano un pintor viejo
desataba el cordón de sus zapatos,
con la otra
tendía una botella.
Miró caer la espesa miel en ella,
sin protestar, curvado,
y luego, con su miel,
preciada mercancía,
se alejó por la nieve en calcetines remendados.
Formando un cerco de miradas frías,
mujeres de oficiales y soldados
esperaban de pie con tarros y con vasos,
silenciosas y tensas.
Y una niña,
con mano transparente,
como en un sueño extraño,
tendía una copa diminuta
con un anillo de mamá en el fondo.
De pronto se acercó
el ruido de un trineo
de costados ornados con rosas.
Poniendo un ceño en su importante frente,
se bajó del trineo un hombre
alto,
imponente.
Tan solemne
como un retrato
desde el marco,
sin una sombra de pesar, habló.
“Dame todo el tonel.
Te pagaré en alfombras.
Date prisa, buen hombre.
Ya nos pondremos de acuerdo después.
Ayudad a subirlo, hermanos. Venga”.
Y se marcharon juntos.
Ellos siempre se pondrán de acuerdo.
Quedó la cola inmóvil y sombría
como si aquello nada le importase.
Y el anillo cayó de la copita
al surco que el trineo había dejado…
¡Qué muerto está ya aquel cuarenta y uno,
año de penas y de retiradas!
Aún vive, sin embargo,
aquel goloso de miel,
ha vivido hasta hoy, y dulcemente.
Cuando muestra con aire sosegado
su tripa bien henchida,
cuando mira el reloj,
cuando el bigote satisfecho se acaricia,
yo recuerdo aquel año,
recuerdo aquella miel.
Aquella miel que, entonces,
de ese mismo bigote,
abundante le escurría.
Jamás podrá limpiárselos
de miel,
siempre
le escurrirá
de los bigotes.

Me hubiera gustado poder escribir originalmente
el poema de la miel,
pero yo nací en el sesenta y tres
a muchos kilómetros de distancia
del goloso que se relamía los bigotes,
a muchos años de distancia de los asesinos de Babi Yar,
el barranco a las afueras de Kiev en donde en sólo dos días de septiembre de aquel año del cuarenta y uno, los nazis asesinaron a 35.000 judíos.
(Esto también lo narra Evgueni Evtuchenko)

A nosotros, la miel
nos la traía a la puerta de la casa
el mielero,
un tafallica alto y con la boina atornillada a la cabeza
que tenía unos panales al fondo de la calle Abejeras,
en el barranco de Erletokieta (Lugar de abejas, en Euskera),
en donde no había habido más muertos
que los que nosotros inventábamos en nuestros juegos de guerras
y de cabañas
en los últimos días del franquismo.

El mielero se anunciaba así:
¡El mielero!, ¡El mieleeeero!
Y llamaba a cada puerta con los nudos de la mano,
para recordarnos que provenía de un mundo rural
y en absoluto tecnológico.

Traía una cuchara de palo largo
y un cántaro de barro.
Y cuando poníamos los botes de cristal
o los boles de cuajada, él, con destreza de siglos,
hundía en el cráter del cántaro su cuchara de madera
y la sacaba en ebullición, con la miel brillando
como una gran perla dorada
y sin derramar ni una sola gota.
Entonces la dejaba caer hasta el último aliento
en nuestras manos
y luego, con un giro de muñeca, cortaba la fuente
y guardaba la cuchara en el cántaro
a la vez que ponía su mano abierta al cielo
para recibir el dinero de sus abejas.

Nosotros, golosos, corríamos a la cocina
y sin dar tiempo a que llegara mi madre,
metíamos los dedos en los boles
y nos levábamos a la boca
esos cuajos de miel que resbalaban como el ámbar
por la corteza de nuestras gargantas,
volviéndonos dulces, muy dulces,
tan dulces que olvidábamos por un momento
los años que nos faltaban para ser libres…

                                                Iosu Moracho Cortés


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