Hay un poema dulcemente
goloso, amargo y trágico...
Es
un poema del escritor siberiano Evgueni Evtuchenko.
Cuando
lo leí por primera vez me empalagué de dolor, de impotencia,
de
rabia contenida.
El
poema habla de la miel y del hambre,
de
la dignidad y del desprecio.
Yo
lo leí, lo tomé en mis manos y como si fuera una película
me
colé en sus escenas y lo adapté a mi lenguaje.
Tenía
la necesidad de desprenderme de toda esa melaza
que
se queda en las manos cuando uno se vuelve goloso y egoísta.
Esta
fue mi forma de lavarme…
Eran
tiempos de guerra.
Los
años del frío, como los llamó alguien.
Tiempos
de hambre, señorío de la muerte y aprendizaje de la supervivencia.
Lo
peor de la calaña humana salió a la luz,
como
el oso que ha pasado todo el invierno agazapado
en
la oscuridad de la cueva.
Es
un pueblo perdido en medio de la nada,
en
ese mar de hierbas que llaman estepa.
Fue
en el cuarenta y uno,
cuando
las cosechas servían por entero
para
alimentar a los soldados que defendían la vieja noción de patria.
Y
el pueblo pasaba hambre,
se
moría de hambre
y
se comía la tierra
y
las cortezas blandas de los abedules y de los arbustos
y
las suelas sucias de los zapatos.
Un
día, en el mercado,
el
viejo usurero a quien todos odiaban
llevó
para vender
un
gran tonel rebosante de miel.
Pero
como el viejo sabía que la gente no tenía dinero
anunció
sin pudor alguno
que
cobraría en especie:
jerseys,
abrigos, joyas perdidas en los baúles del antaño,
guardatesoros
en cajitas de madera labradas a mano,
gorros
de piel de conejo, guantes, bufandas, zapatos…
Una
larga fila de harapos
y
de hambrehambrientos se fue haciendo
desde
las calles embarradas
hasta
el centro del mundo: el altar del tonel.
El
viejo miraba las ropas y no los rostros.
Así,
iba seleccionando las buenas prendas:
los
jerseys de lana sin desconchones, los abrigos apelmazados
por
las palas del batanero,
los
collares con brillo después del paso de la mano,
las
bufandas de muchos inviernos con olor a hierbas aromáticas…
Un
anciano salió de la fila con su tarro de miel… y sin zapatos,
perdiéndose
en los caminos helados de tierra, en calcetines.
Una
mujer entregó una saya de luto
y
otra una manta bordada con las letras de un novio que no volvió.
Ambas
llenaron de miel sus botellas de agua caliente.
Una
pequeña esperaba en la larga cola
con
un vaso vacío
en
cuyo fondo bailaba como una piedrita
el
anillo de bodas de su madre.
Entonces
llegó el coche de caballos
y
se paró junto al viejo usurero.
Y
del pescante descendió un joven aristócrata comerciante en paños
que
miró la miel y luego al viejo,
ignorando
la fila de rostros y silencios.
Te
pagaré en alfombras, hermano, dijo.
Me
llevo todo el tonel. Subámoslo aquí arriba.
Y
se marcharon juntos.
La
cola inmóvil, absorta, sombría,
arrebatada
del último poro de dignidad que aún tenía.
¡Hermano!,
decía una viejita.
¡Le
ha llamado hermano!
¡¡Cuántos
parientes hace el dinero!!
Hoy,
qué lejos queda el cuarenta y uno,
qué
lejos el hambre
y
qué adentro…
El
viejo hace mucho que murió
y
nadie parece recordar donde fue enterrado.
Pero
el joven, ahora viejo, vive todavía
y
aún se relame sus golosos bigotes
con
toda la piel del pueblo,
la
miel de la guerra,
la
miel del hambre…
Bueno,
esa es mi adaptación…
La miel
Voy a contarles algo sobre la miel.
Alguno se dará por aludido.
Más no importa que alguien no comprenda
que se refiere a él.
Escuchad
esta historia de la miel.
En el cuarenta y uno,
en Tchistopol,
año sin pan ni sol,
en el mercado
nevado
sacaron un tonel,
un enorme tonel
de miel.
Era un canalla el vendedor,
un negociante del dolor.
Y el dolor formó cola,
sencillo,
amargo,
desvalido.
No cobraba en dinero,
sino en jerseys,
en relojes
o en cortes de traje.
Su mano ensortijada de entendido
despreciaba con gestos harapos evidentes.
Todo lo examinaba a la luz, atentamente.
Mientras con una mano un pintor viejo
desataba el cordón de sus zapatos,
con la otra
tendía una botella.
Miró caer la espesa miel en ella,
sin protestar, curvado,
y luego, con su miel,
preciada mercancía,
se alejó por la nieve en calcetines remendados.
Formando un cerco de miradas frías,
mujeres de oficiales y soldados
esperaban de pie con tarros y con vasos,
silenciosas y tensas.
Y una niña,
con mano transparente,
como en un sueño extraño,
tendía una copa diminuta
con un anillo de mamá en el fondo.
De pronto se acercó
el ruido de un trineo
de costados ornados con rosas.
Poniendo un ceño en su importante frente,
se bajó del trineo un hombre
alto,
imponente.
Tan solemne
como un retrato
desde el marco,
sin una sombra de pesar, habló.
“Dame todo el tonel.
Te pagaré en alfombras.
Date prisa, buen hombre.
Ya nos pondremos de acuerdo después.
Ayudad a subirlo, hermanos. Venga”.
Y se marcharon juntos.
Ellos siempre se pondrán de acuerdo.
Quedó la cola inmóvil y sombría
como si aquello nada le importase.
Y el anillo cayó de la copita
al surco que el trineo había dejado…
¡Qué muerto está ya aquel cuarenta y uno,
año de penas y de retiradas!
Aún vive, sin embargo,
aquel goloso de miel,
ha vivido hasta hoy, y dulcemente.
Cuando muestra con aire sosegado
su tripa bien henchida,
cuando mira el reloj,
cuando el bigote satisfecho se acaricia,
yo recuerdo aquel año,
recuerdo aquella miel.
Aquella miel que, entonces,
de ese mismo bigote,
abundante le escurría.
Jamás podrá limpiárselos
de miel,
siempre
le escurrirá
de los bigotes.
Me hubiera gustado poder
escribir originalmente
el poema de la miel,
pero yo nací en el sesenta y
tres
a muchos kilómetros de
distancia
del goloso que se relamía los
bigotes,
a muchos años de distancia de
los asesinos de Babi Yar,
el barranco a las afueras de
Kiev en donde en sólo dos días de septiembre de aquel año del cuarenta y uno,
los nazis asesinaron a 35.000 judíos.
(Esto también lo narra
Evgueni Evtuchenko)
A nosotros, la miel
nos la traía a la puerta de
la casa
el mielero,
un tafallica alto y con la
boina atornillada a la cabeza
que tenía unos panales al
fondo de la calle Abejeras,
en el barranco de Erletokieta
(Lugar de abejas, en Euskera),
en donde no había habido más
muertos
que los que nosotros
inventábamos en nuestros juegos de guerras
y de cabañas
en los últimos días del
franquismo.
El mielero se anunciaba así:
¡El mielero!, ¡El mieleeeero!
Y llamaba a cada puerta con
los nudos de la mano,
para recordarnos que provenía
de un mundo rural
y en absoluto tecnológico.
Traía una cuchara de palo
largo
y un cántaro de barro.
Y cuando poníamos los botes
de cristal
o los boles de cuajada, él,
con destreza de siglos,
hundía en el cráter del
cántaro su cuchara de madera
y la sacaba en ebullición,
con la miel brillando
como una gran perla dorada
y sin derramar ni una sola
gota.
Entonces la dejaba caer hasta
el último aliento
en nuestras manos
y luego, con un giro de
muñeca, cortaba la fuente
y guardaba la cuchara en el
cántaro
a la vez que ponía su mano
abierta al cielo
para recibir el dinero de sus
abejas.
Nosotros, golosos, corríamos
a la cocina
y sin dar tiempo a que
llegara mi madre,
metíamos los dedos en los
boles
y nos levábamos a la boca
esos cuajos de miel que
resbalaban como el ámbar
por la corteza de nuestras
gargantas,
volviéndonos dulces, muy
dulces,
tan dulces que olvidábamos
por un momento
los años que nos faltaban
para ser libres…
Iosu Moracho Cortés
Iosu Moracho Cortés


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