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domingo, 10 de febrero de 2013

Grullas



Hoy de madrugada
dos bandadas de grullas
se han unido en el cielo.

Primero eran dos “v”,
más tarde una “w”
y por último una gran “V” de más de doscientos individuos,
turnándose en el vuelo.

Una viejita y yo mirábamos el cielo
impresionados, además de por la belleza del espectáculo,
por el ruido de los gritos y los cantos:
el lenguaje de las aves de paso.

Luego, a media mañana,
con Angelines, en Eugi, en el puerto de Artesiaga,
paseando, rodeados de nieve y silencio,
blancura, pureza, paz.
Y después en Arrobi Borda
tomando un café con leche,
tranquilos frente al fogón con un brazo de madera ardiendo
y la habitación llena de chispas.

Hemos pasado la mañana en una plática profunda,
los cielos cubiertos, pero sin viento,
ni una sola gota de agua.
Por las laderas, el deshielo y la escorrentía,
llenando los arroyos, monumentando los ríos.

Hablamos.
Vamos caminando entre palacios de hielo,
árboles desnudos
y un suelo nevado hasta la altura de las rodillas.

Hablamos.
De vez en cuando, queremos llevarnos
tal o cual imagen a casa,
para repetir allá la plenitud e ese instante.

Unas cuantas fotografías
que no logran acodar lo imposible
midiendo la luz, el encuadre, el tiempo de exposición
y el alma.
¿Dónde está el alma?, pregunto…

Es una ilusión.
Cada momento es irrepetible.
La fotografía sólo podrá ser recuerdo de ese instante que fue,
pero lo que aparece en la imagen
está a cien años luz de ser lo que vimos.

Aquello que pasó, aquello que fue,
no tiene álbum que lo atrape.
No existen magos capaces de tal magia.
Es más. No existe tal magia.

Hablamos.
Sí. Hablamos.
Tú traes a Sartre, el existencialista, por algo que estás leyendo.
Me cuentas que dijo que nada tiene sentido
si no aspiramos al abrazo de toda la vida con el creador.
Nuestro último sentido es sabernos creaturas.

Hablamos de los que se fueron y de las huellas que dejaron.
Salen Simone de Beauvoir y Camus.
Salen Primo Levi, Celan y Walter Benjamín.
Te explico qué quiere decir eso de que no se puede escribir poesía
después de Auschwitz. Hablamos de la vida, de la resistencia
y de la lucha.

Hablamos
y entonces señalas algo, a trozos en el suelo.
Algo que destaca en el blanco lienzo de la nieve.
¿Qué puede ser?, ¿barro…?

Entonces vemos al jabalí, muerto y con el lomo abierto
a un lado de la carretera. Los pelos crespos,
la nieve cubriendo parte de su cuerpo.
Algún animal ya ha desgarrado sus partes blandas.
El festín ha comenzado. Te digo
que si no lo sepulta la nieve, no pasará de esta noche.

¿Atropellado?
Quizás. En la carretera apenas hay espacio para un vehículo
y el quitanieves ha armado una muralla de casi un metro de altura.

Los animales aprenden, como nosotros.
La diferencia es que nosotros sabemos que aprendemos.
Este conocer que conocemos
nos hace superiores, en algunas cosas…

En silencio, me voy repitiendo eso del sentido de la vida
desde la nausea de la impotencia y la imposibilidad de alcanzar
la felicidad con plenitud.

Sabemos que nuestra vida no tiene sentido
si no es en brazos de un creador.

¿Sartre era cristiano?, me preguntas.
Era existencialista, te digo.
Aquellos que afirman no creer
son los que más profundamente creen,
pero su Dios no es ese que nos han vendido.

Regresamos.
El pantano de Eugi, hasta los bordes,
desagua una gran catarata por cada una de sus dos bocas.
En poco más de una hora
llegará la crecida a la cuenca de Pamplona.

Duro invierno, pienso. Llevamos cinco nevadas.
Desde la sierra de Alaitz
comienzan a dibujarse de nuevo
las grandes “v” de las grullas…

                                                    Iosu Moracho Cortés
                                                    10 de febrero de 2013

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