Creación
Quizás todo comenzó
con unas manos que se buscaban.
Quizás hubo un proyecto común,
un mismo latido,
una necesidad de contar con la participación del otro
en el acto creador.
Quizás la creación fuera de hecho
imposible, sin la participación de ese espíritu múltiple y diverso,
de ese otro punto de vista, insoslayable desde sus circunstancias.
Quizás las circunstancias fueran,
después de todo, necesarias.
Quizás, como en el amor,
había que comenzar palpándose
para desnudarse a pedazos
y arrancarse las ropas y las máscaras,
hasta buscarse las almas en el fondo de la vida
y compartir la caricia en la intimidad de la ternura.
Quizás nunca más seamos amados
de esa manera.
Quizás crear fuera el placer de hacernos reyes…
La fraternidad nos puso así, al alcance del corazón de los dioses.
La mano de Adán, el primer ser humano,
lánguida, alojada en el espacio con desdén,
como quien se deja hacer.
Una mano que espera y que se adelanta
para ser tocada.
La mano de Dios, firme, como punta de flecha.
Mano que busca el encuentro
y que anhela el contacto.
Corazón débil, herido de amor
que anhela ser alojado en esa casa.
La creación entonces, como un juego de manos.
La vida comenzando con el roce,
el deseo desnudo,
el vértigo.
Sin música de trompetas, ni de atabales.
Sin melodías de flautas, de arpas,
o de chirimías.
Para nacer hemos nacido…
Arrojados a la vida
desnudos.
Nacemos con un llanto
y en medio de la indigencia
olvidamos de dónde somos,
de dónde venimos
y cuál fue nuestro verdadero origen.
Toda la vida
en medio de estas preguntas
que nadie responde.
Nuestra meta, el conocimiento.
Nuestro afán, el camino diario.
Afilamos nuestra mirada
en el silencio de un Dios
que se ha olvidado de nosotros.
Por eso nuestra desnudez es un grito…
Y en medio de este mundo,
como vagabundos,
vamos tomando trenes y más trenes
que no nos llevan a ninguna parte.
Ulises lo entendió
después de viajar toda su vida
entre isla e isla.
El último viaje, se prometió,
sería hacia el interior de sí mismo.
Y entonces, quemó las naves.
De noche,
miraba a las estrellas que le habían indicado
tantas veces el camino
a través de los mares.
Miraba a las estrellas
y les preguntaba lo que nunca había sabido.
¿Quién es ese al que los hombres llaman Ulises?
Quizás la creación fue para hacernos partícipes de ese secreto.
Quizás Dios quiso cómplices
para llevar a cabo su proyecto.
De mis sueños no puedo hablaros,
dijo el chamán al resto de la tribu.
Es un secreto entre Dios y yo.
Pero, ¿no nos decías que Dios no existe?
Claro que no existe. Pero, a veces, me habla…
Iosu
(Escribí esto el día 3 de noviembre de 2010,
o quizás, simplemente, lo estuve soñando)

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