"El dolor que siente una persona es una señal de estar despierto,
es el precio de la conciencia"
Michael O´brien El librero de Varsovia
La conciencia de ser humanos. El sentimiento del latido que nos vive,
tiene un precio.
Siento, luego existo. Frente a ese otro Pienso luego existo.
La existencia es pues, un proceso "sintiente" antes que pensante.
Sentirnos vivos es el único modo de ser en plenitud.
Uno es el que camina, el que toma decisiones.
Uno, el que yerra o se equivoca.
Sentirnos vivos como referencia de nosotros mismos y de los otros.
Estamos vivos. Y también lo están los otros, con quienes convivo,
con quienes interfiero y salgo al encuentro a diario.
Soy, y soy para otros. Me duelo con ellos. Simpatizo con sus dolores.
Empatía. Solidaridad. Eso que nos hace sentir juntos. Y crecer juntos.
La vida se reduce a descubrir estas pequeñas cosas en la cotidianeidad.
Y por encima de eso a lograr que no sea cierto eternamente aquello
que decía Hobbes de que el hombre es un lobo para el hombre.
Si nos dolemos juntos, si sentimos juntos,
qué sentido tiene hacernos daño unos a otros.
Quiero contar una pequeña historia
que he tomado del librito que antes he citado:
El librero de Varsovia:
Sabemos que los libros por si solos nos bastan,
por eso bailamos y cantamos, dice Michael O´brien.
Esta es una historia diferente con un sentido diferente…
La Janucá es una festividad del pueblo judío.
En ella se conmemora
lo que supuso un milagro para el pueblo,
el triunfo sobre la opresión.
En el siglo II antes de la era cristiana,
una banda de rebeldes judíos formó un ejército
para derrocar a los invasores paganos.
Tuvieron éxito y lograron liberar y purificar el templo
que había sido profanado.
Según el Talmud,
cuando los rebeldes buscaron óleo sagrado
para que ardiera en los candelabros del templo
sólo encontraron cantidad para un día.
Pero milagrosamente el santo óleo quemó durante ocho días.
Por eso los judíos tienen la januquía con sus ocho brazos.
En la fiesta de Janucá
la encienden para recordar que el Señor
puede salvar a su pueblo
aun en un momento en que toda esperanza parece perdida.
Sin embargo, hay menorás que tienen un brazo más,
algunas lo tienen, otras no.
El noveno brazo
es una delgada prolongación de metal
que asciende a partir del centro
y que lleva una vela solitaria más pequeña que las demás.
Se llama shammash, sirviente,
es la llama que se usa para prender las demás.
El librero de Varsovia, pág 197
Michael O´brien
Es importante tener un fuego que nos ilumine, nos alumbre,
nos contagie con sus llamas.
Un fuego que nos de calor, nos nutra y nos vivifique.
Un fuego que nos encienda, que nos prenda
que nos reúna en torno.
Así la vida tiene sentido. Y la oscuridad. Y la noche,
el dolor, el sufrimiento…
“Cuando ya no hay un Padre a través del cual
sentirnos hermanos, el sacrificio pierde el fuego
del que se nutre” Ernesto Sabato
Y no tiene sentido…
Y la vida es un caos, por eso…
Y a partir de eso hemos de volver a comenzar para sentirnos vivos.
Ese es el sentido del fuego.
Ese es el sentido del servidor.
Alguien se prende primero y enciende a los demás.
Alguien se enciende primero…
El servidor. Shammash.

alaaaaa!
ResponderEliminarese es mi papi:D