“La única patria que tiene el hombre
es la infancia”
Rainer María Rilke
Ha escrito Iliana, desde El Incienso,
ese barrio barranco que mira a la cara
a la ciudad de Guatemala.
Al Incienso lo conocen por sus neblinas matinales,
las nubes bajas que acolchan la mirada,
y sus suicidas, que lo eligen por definitivo
en esas horas del día en que el tráfico es menos denso.
El Incienso es terreno robado a la municipalidad,
cientos de chabolas se confunden con la maraña verde
que les sirve de alfombra.
Al norte mira, pidiendo ayuda, a la Colonia Amparo,
al sur, al cementerio y al basurero de la zona 3, los dos pegados,
uno al lado del otro, pared con pared,
al este, al viento fresco del Parque de Morazán
y al Oeste, al Puente del Naranjo y a la Colonia Betania.
El Incienso es pobreza y marginalidad,
desde allí escribe Iliana,
desde una techumbre de paja
que cobija su ayuda social.
Me dice que la vida le va haciendo sus llamadas.
Son cortas. Un par de timbrazos
y luego nada.
Si descuelgas, comunica.
Ya sabes, dice, de vez en cuando alguien llama
y nadie responde.
Mas tarde, ella sabe, la vida multiplica las llamadas,
a cualquier hora y con insistencia.
Pero cuando coges el teléfono
la línea está vacía, llena de eco,
y si acaso oyes algo, es tu propia respiración,
tu propio ritmo repicando sus campanas.
Iliana me escribe una carta de las de antes,
con cifras, números, palabras descoyuntadas
y quejas sobre leyes injustas.
Me cuenta anécdotas de sangre y de miseria,
de héroes anónimos y de mártires del pueblo.
La injusticia siempre se jacta de tener bien hechas las cuentas
y no le da ningún pudor, ponerse por escrito.
Los niños, me dice, los niños de este país
no están donde deberían estar,
están donde los hemos puesto.
Deberían estar en la escuela
rodeados de libros, de tizas y de juegos,
pero están en los semáforos, parados en las aceras,
vendiendo quincallas y piedras de mechero,
limpiando parabrisas y haciendo juegos malabares
entre los coches de ventanas polarizadas que les ignoran.
Deberían estar entre lápices de colores y músicas de fiesta,
pero están en los basureros,
removiendo con pértigas y palos
las montañas de excrementos,
disputándose los hallazgos entre vidrios rotos y ratas,
buscando encontrar un pedacito de felicidad
debajo de la inmundicia.
Si los niños no pintan cuando son niños
qué van a pintar cuando sean hombres.
No, los niños no están donde deberían estar,
están donde los hemos puesto.
Deberían estar construyendo cabañas
en los árboles,
jugando a la rayuela o en guerras de botones,
pero están desnudos por las calles
oliendo a pegamento en vez de a buñuelos
y a manzanas de caramelo, pateando la vida
en lugar de a un balón de fútbol en una cancha de hierba.
Están donde los hemos puesto,
frente a la televisión y el abandono,
las máquinas de guerra, los AK-47 y los M-16.
Están tan desorientados y desnutridos,
o tan inflados de miseria,
que han dejado de creer que puedan ser felices en esta vida
o que un día pudieron ser niños
y creer que sus sueños se cumplirían.
Me dice Iliana,
los niños no están donde debieran,
sino donde los hemos puesto…

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