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lunes, 4 de julio de 2011

Carta a Bassem

Me duele Bassem,

un niño de diez años que vive en Kuwait City,

un niño como esos niños a los que yo educo en mi escuela, a diario…

Bassem preguntó a su profesor

por qué Egipto había habido una revolución

y en Kuwait no.

A veces los niños no entienden,

o lo entienden todo,

pero sin esa malicia que tenemos los adultos

que nos pudre el alma

y nos afila los ojos hasta hacerlos cuchillos.

Bassem ha sido expulsado de su escuela

“por incitar a una revolución en Kuwait”

(Para los dictadores no hay enemigo pequeño).

Papa, ¿qué es eso de revolución?

¿Los revolucionarios son buenos o malos, -eh papá-?

Ninguna escuela kuwaití quiere ahora admitir a Bassem,

un niño que pregunta cosas incómodas.

Verás Bassem, yo te explicaría

qué es eso de la sociedad,

qué son las estructuras sociales,

y cómo pueden llegar a ser justas o injustas.

Te explicaría los diferentes puntos de vista

y los diferentes valores

según se tenga dinero o no,

según se tenga una posición social u otra,

según se adquieran cotas de poder o de responsabilidad.

Te diría Bassem, que quien no comparte, acapara

y se enriquece a costa de otros a los que empobrece

y niega sus oportunidades.

Te explicaría el término corrupción,

que es como un dolor de tripas tremendo,

pero en el alma.

Por eso las revoluciones son necesarias,

como es necesaria la indignación

que es eso que rebosa los corazones

cuando peligra la dignidad

de los que forman parte de una sociedad.

Te diría Bassem,

que aunque ha habido y habrá revoluciones violentas,

las que realmente han transformado el mundo

han sido las que se han hecho sin disparar una sola bala,

cuando la gente ha tomado las calles y las plazas

y con un solo grito han hecho realidad sus sueños

y han visto cumplidas sus esperanzas.

Bassem, no te rindas, no pierdas tu capacidad de asombro,

no dejes de soñar nunca

y no dejes de preguntar todo aquello que no entiendas.

Ten paciencia con los adultos,

porque ellos no son capaces de seguir tu ritmo.

Hace mucho que perdieron su niño interior

y no están dispuestos a recuperarlo.

Por último, Bassem,

indígnate, y sé bienvenido a este colectivo de seres humanos

que son capaces de arrancar todos los adoquines de las calles

para encontrar debajo el mar y la playa,

esa playa en la que todas las culturas nos encontramos sin fronteras,

sin abismos, sin divisiones, sin muros,

otro mundo distinto, porque es posible y necesario.

Iosu Moracho

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