La entropía será morir de
frío, dice Ernesto Cardenal.
Al final de los tiempos lo que quede del todo,
estará disperso, difuso, esparcido y frío…
Así, seremos hielo,
o la nada absoluta
en el vientre de un agujero negro.
Y de la densidad no quedará sino el recuerdo,
el espacio-tiempo de la máxima gravedad:
estrellas vaciadas de sí mismas
y luego nada… espacio vacío
y por último, vacío en el que no quede ni espacio ni tiempo.
La eternidad en una hora, que decía
Blake…
¿Quién puede regalarme la eternidad?
¿Quién puede invitarme al fondo de la utopía?
¿Quién puede ofrecerme aquello que no es,
en un lugar que no existe,
y para siempre…?
La muchacha paseando por la Quinta
Avenida,
aquel verano, al atardecer,
frente a un concesionario de coches de alta gama,
con la camiseta de la fórmula de Einstein sobre el pecho:
E = mc²
convertida en un koan zen, cuántico y místico:
Dios = mc²
y sus dos pezones duros como avellanas…
Estrellas que se alejan rumbo a la entropía que seremos.
Y yo no le dije ni una sola palabra,
pero su recuerdo me acompañará siempre
hasta la dispersión total,
hasta que todo y todos seamos rescatados
por la eternidad.
Y el silencio vuelva a ser
la madre de todo.
Iosu Moracho Cortés


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