
El universo en boca de ratón
Como esos caramelos de feria con dibujos de espirales,
como esas balas de algodón de azúcar
que no cabían en el gozo de nuestros sueños infantiles.
Como esos fuegos de artificio
que redoblaban en el alma de la fiesta
y nos arrancaban las lágrimas de antaño,
como esa flor que apenas amanecía,
desnudaba sus pétalos sin pudor
al mundo de nuestros sueños, nuestras caricias
y nuestros llantos…
Así, como un Big-Bang…
Así nacimos, para aprender a amar
las cosas que nos dicen lo que somos.
La primera estrella,
como una perla saliendo del ostracismo
de la noche oscura de quinientos millones de años.
La primera estrella, como el tesoro del pirata,
entre varias conchas de gases,
mientras el coro de la materia negra,
hace los gritos guturales con que los pescadores de perlas
ahuyentan a los tiburones de las profundidades.
La primera estrella, como la primera muchacha,
el primer beso,
el primer seno redondo y con puntas de estrella
como la placa del sheriff en “Duelo en la alta sierra”.
Las cosas que amamos nos dicen lo que somos,
no lo olvides nunca, hijo mío…
Así, entre tanta turbulencia,
venimos nosotros de la primera estrella,
esa de hidrógeno y helio que venció a la noche
e inventó la madrugada,
el aseo diario, la sirena del trabajo, los compañeros de vuelo…
esa que creció como un millón de años con un sólo desayuno,
para hacerse cien veces mayor que nuestro sol
y luego enfriarse, concentrarse y morir de un colapso
con el corazón apasionado de un adolescente.
Así el Big-Bang y así nosotros. La primera estrella y el primer amor.
Ese que nos enseña a amar las cosas que muestran lo que somos
y que cuando estalla, parece fundirse en un pequeño agujero negro
tan diminuto como la boca de un ratón…

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