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jueves, 4 de marzo de 2010

Muerte en M-51

Hoy supimos que murió una estrella

en la galaxia del remolino.

Los científicos que observaron el acontecimiento

y que presenciaron con gozo

los fuegos artificiales galácticos,

han renunciado a ponerle el nombre de una muchacha.

Todos los días mueren estrellas, dicen

y es más práctico recordarlas por un número.

Uno, que indique su posición y su latitud espacial

como por ejemplo RV2 18 MPS.

Uno, lo suficientemente abstracto

como para expresar sin que nadie sufra

la inmensidad de un universo cortado a cuadrícula.

Así, del Big Bang desordenado,

el ser humano ha tejido orden, constancia e historia.

Hemos hecho ciencia de las constataciones,

como si se pudiera desarrollar una teoría

que encerrase la cuadratura del alma,

o enunciar una ley que afirmase el amor

que en estas soledades se siente por una muchacha.

¿Sabes?, aun recuerdo los fuegos de artificio de aquel verano

en la Vuelta del Castillo.

Todos los días se mueren estrellas, dicen…

pero no todos los días tiene uno la oportunidad

de amar a una muchacha

bajo la luz estelar de una cascada pirotécnica.

Después de tantos años,

ahí sigue mi pequeña supernova.

Nuestro combustible nuclear

lejos del colapso.

Las capas gravitatorias

en equilibrio.

La entropía,

extraña en nuestro universo

ajeno a las explosiones termonucleares.

Y sin embargo

hoy ha muerto una estrella en la galaxia M-51.

Un amor gigante

enriquecido durante millones de años

por nubes moleculares con todos los elementos más pesados que el oxígeno,

no ha servido para detener su cataclismo.

De repente, se ha consumido

colapsando su núcleo de hierro,

rebotando hacia fuera

y destrozando la estrella…

Y las parejas cada día se separan antes…

Y los amigos que decían que se amaban

ahora corren en direcciones contrarias,

en universos paralelos…

Y no hay nada tan espectacular

como la simetría casi perfecta

de una estrella moribunda.

Y es que la muerte también puede ser perfecta

como la geometría,

o como las sombras que rodean a un halo de luz

sin apenas turbulencias,

o como las fiestas de aquel verano

desafiando la segunda ley de la termodinámica,

mientras una nube de gases en expansión

desarrollaba ecuaciones teóricas

para las más avanzadas computadoras…

Y el amor nada sabe de la física cuántica…

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