Pelando la cebolla
Dice Grass, que los seres humanos
somos como cebollas,
pues estamos hechos de capas y de máscaras.
Así, cuando nacemos, desnudos,
pegaditos a la tierra,
lo primero que nos enseña la vida
es a protegernos, a defendernos de la intemperie,
a encubrirnos para sobrevivir.
Quizás venga desde ese momento,
nuestra voraz costumbre de mentirle a la vida,
o de halagar lo que somos y lo que no
en los mentideros de los amigos…
Conforme vamos creciendo
nos vamos llenando de más y más capas,
encebollándonos ante el diluvio que es vivir,
hasta que ya no recordamos eso,
tremendamente puro, que fuimos al nacer:
cebollitas tiernas color de tierra,
apenas pellejo y olor a humus…
Entonces, la vida
consiste en ir pelando la cebolla
que somos cada uno
hasta volver a tener la frescura que tuvimos
y esa conexión íntima con nuestra esencia.
Y así vamos por la vida,
pelando la cebolla,
quitándonos capas y máscaras
en esa Venecia de sentimientos y sinsentidos.
Llorando como quien pela cebollas;
con el cuchillo mojado con agua fría,
con media cebolla en la cabeza,
conteniendo la respiración en un yo-sí-puedo,
hasta que no quedan ya más capas que quitar.
Y entonces sí. Entonces somos como dioses,
-los dioses que siempre fuimos-
esas cebollitas tiernas
que partidas en gajos, dan alegría
a la ensalada de la vida…
Escrituras
David Grossman, escritor israelí
perdió a su hijo Uri
el verano de 2006, en la siempre penúltima
guerra de El Líbano.
La guerra que mata a los muertos
humaniza a los vivos.
Dice David, que su escritura ha cambiado
desde entonces.
La muerte de un hijo, tuerce las líneas…
Escribo y me doy cuenta
de que el empleo correcto y preciso de las palabras
es como un remedio para la enfermedad.
Un medio de purificar el aire que respiro
de miasmas y de manipulaciones de los malhechores del lenguaje.
Porque somos palabras
la vida nos escribe
y nosotros escribimos la vida misma
con aquello que siempre fuimos.
Amar la vida
significa creer en las palabras
y respetarlas como a la propia vida.
Prestidigitadores del lenguaje,
domadores de palabras,
equilibristas en el alambre de la expresión poética.
Quien escribe, crea.
Quien crea, construye.
Quien construye, edifica.
Y quien edifica, desarma.
Toda la vida posible está en las palabras.
Ellas nos humanizan.
Saber cuidarlas significa amar a todos los seres humanos,
amar sus lenguajes, sus cantos, sus culturas.
Porque somos palabras
estamos hechos para el lenguaje,
para el encuentro
y para el entendimiento…
Poema de rodillas
Aquella tarde fuimos al Centro
para observar las rodillas de las muchachas.
Tú decías que una rodilla
era el punto de inflexión de una amistad.
Cuando una muchacha te enseña sus rodillas
está dispuesta a abrir su mundo ante ti.
La rodilla es la puerta del alma…
Yo, tengo que confesar, que de rodillas
entendía muy poco, hasta escuchar tus cátedras.
Para mí, los muslos luminosos,
los hombros redondeados, los ombligos irreverentes
y las mismas nucas desnudas, arrojaban más luz
que la más redonda de las rodillas.
Las rodillas son la última muralla,
el último obstáculo del salmón que sube río arriba
para desovar las primaveras.
A partir de ellas todo es llano,
el río, la pradera, el mar y la inocencia…
¡Ex cátedra…!
Las pecas en las rodillas
son los mapas del tesoro.
Una rodilla con hoyuelo
es una muchacha de sueños profundos.
A rodillas frías, manos calientes.
Quien a buena rodilla se avecina,
buena amiga le cobija.
Cria rodillas
y te sacarán los ojos.
Rodilla ardiente
y pan caliente…
¡Ex cátedra…!
Aquella tarde fuimos al Centro
para observar las rodillas de las muchachas.
Lástima que atrás se hubiesen quedado
los felices sesenta, los movidos setenta,
los sórdidos ochenta y los despiadados noventa,
los tiempos de los hippies, las faldas largas con lentejuelas,
las guedejas en el pelo y la época dorada de las minifaldas
que se subían tan deprisa como a Igeldo en funicular.
Aquella tarde, fuimos al Centro
para observar las rodillas de las muchachas,
pero el oso Grizzly del bosque ,
el que se come los salmones que desovan río arriba,
les había quitado las faldas a las muchachas
y había inaugurado la moda de los pantalones de pata ancha
y las altas botas, imposibles de alcanzar.

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