Licencia de Creative Commons
Poemas escritos por Iosu Moracho by Iosu Moracho is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Pelando la cebolla

Dice Grass, que los seres humanos

somos como cebollas,

pues estamos hechos de capas y de máscaras.

Así, cuando nacemos, desnudos,

pegaditos a la tierra,

lo primero que nos enseña la vida

es a protegernos, a defendernos de la intemperie,

a encubrirnos para sobrevivir.

Quizás venga desde ese momento,

nuestra voraz costumbre de mentirle a la vida,

o de halagar lo que somos y lo que no

en los mentideros de los amigos…

Conforme vamos creciendo

nos vamos llenando de más y más capas,

encebollándonos ante el diluvio que es vivir,

hasta que ya no recordamos eso,

tremendamente puro, que fuimos al nacer:

cebollitas tiernas color de tierra,

apenas pellejo y olor a humus…

Entonces, la vida

consiste en ir pelando la cebolla

que somos cada uno

hasta volver a tener la frescura que tuvimos

y esa conexión íntima con nuestra esencia.

Y así vamos por la vida,

pelando la cebolla,

quitándonos capas y máscaras

en esa Venecia de sentimientos y sinsentidos.

Llorando como quien pela cebollas;

con el cuchillo mojado con agua fría,

con media cebolla en la cabeza,

conteniendo la respiración en un yo-sí-puedo,

hasta que no quedan ya más capas que quitar.

Y entonces sí. Entonces somos como dioses,

-los dioses que siempre fuimos-

esas cebollitas tiernas

que partidas en gajos, dan alegría

a la ensalada de la vida…

Escrituras

David Grossman, escritor israelí

perdió a su hijo Uri

el verano de 2006, en la siempre penúltima

guerra de El Líbano.

La guerra que mata a los muertos

humaniza a los vivos.

Dice David, que su escritura ha cambiado

desde entonces.

La muerte de un hijo, tuerce las líneas…

Escribo y me doy cuenta

de que el empleo correcto y preciso de las palabras

es como un remedio para la enfermedad.

Un medio de purificar el aire que respiro

de miasmas y de manipulaciones de los malhechores del lenguaje.

Porque somos palabras

la vida nos escribe

y nosotros escribimos la vida misma

con aquello que siempre fuimos.

Amar la vida

significa creer en las palabras

y respetarlas como a la propia vida.

Prestidigitadores del lenguaje,

domadores de palabras,

equilibristas en el alambre de la expresión poética.

Quien escribe, crea.

Quien crea, construye.

Quien construye, edifica.

Y quien edifica, desarma.

Toda la vida posible está en las palabras.

Ellas nos humanizan.

Saber cuidarlas significa amar a todos los seres humanos,

amar sus lenguajes, sus cantos, sus culturas.

Porque somos palabras

estamos hechos para el lenguaje,

para el encuentro

y para el entendimiento…

Poema de rodillas

Aquella tarde fuimos al Centro

para observar las rodillas de las muchachas.

Tú decías que una rodilla

era el punto de inflexión de una amistad.

Cuando una muchacha te enseña sus rodillas

está dispuesta a abrir su mundo ante ti.

La rodilla es la puerta del alma…

Yo, tengo que confesar, que de rodillas

entendía muy poco, hasta escuchar tus cátedras.

Para mí, los muslos luminosos,

los hombros redondeados, los ombligos irreverentes

y las mismas nucas desnudas, arrojaban más luz

que la más redonda de las rodillas.

Las rodillas son la última muralla,

el último obstáculo del salmón que sube río arriba

para desovar las primaveras.

A partir de ellas todo es llano,

el río, la pradera, el mar y la inocencia…

¡Ex cátedra…!

Las pecas en las rodillas

son los mapas del tesoro.

Una rodilla con hoyuelo

es una muchacha de sueños profundos.

A rodillas frías, manos calientes.

Quien a buena rodilla se avecina,

buena amiga le cobija.

Cria rodillas

y te sacarán los ojos.

Rodilla ardiente

y pan caliente…

¡Ex cátedra…!

Aquella tarde fuimos al Centro

para observar las rodillas de las muchachas.

Lástima que atrás se hubiesen quedado

los felices sesenta, los movidos setenta,

los sórdidos ochenta y los despiadados noventa,

los tiempos de los hippies, las faldas largas con lentejuelas,

las guedejas en el pelo y la época dorada de las minifaldas

que se subían tan deprisa como a Igeldo en funicular.

Aquella tarde, fuimos al Centro

para observar las rodillas de las muchachas,

pero el oso Grizzly del bosque ,

el que se come los salmones que desovan río arriba,

les había quitado las faldas a las muchachas

y había inaugurado la moda de los pantalones de pata ancha

y las altas botas, imposibles de alcanzar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario