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sábado, 26 de enero de 2013

Heráclito se baña



Heráclito se baña


Heráclito, el viejo,
ha dejado sus ropas cuidadosamente ordenadas
sobre una piedra, a orillas del río.
Ese río que ve pasar a diario
sin detener sus aguas,
sin dejar de sonar como un rumor,
un murmullo o un canto
sobre las piedras.

Heráclito, el viejo,
desnudo entonces, como un niño,
sin cubrirse ni inmutarse
por las miradas y las risas de las jóvenes lavanderas
de la otra orilla,
se ha introducido en las aguas del río
primero hasta los tobillos,
luego hasta las canillas,
más tarde hasta la cintura
-momento en que las risas han cesado-
y por últimos hasta el cuello
y aún más.

Las mujeres se han puesto en pie,
han llamado a gritos
a los hombres de la aldea
y han gritado al viejo: ¡loco y estúpido!
Pero Heráclito, el viejo,
a merced ahora de la corriente,
braceando y riendo como un niño,
ha tomado una piedra plana del fondo del cauce
y ha sentido por primera vez en su vida
lo que es el bautismo del agua,
la luz del infinito,
que como un fuego ha estado quemándole
durante todos los años de su existencia.

Nadie se baña en el mismo río dos veces, dicen
que ha dicho.
Y luego, ha salido por donde vino
y se ha vestido sin secarse,
mientras los hombres bajaban corriendo
camino del río en la otra orilla
y las mujeres le decían:
¡viejo, loco, estúpido!
¿qué querías… ahogarte…?

Y él, el viejo Heráclito
guardaba todavía entre sus manos
esa piedra plana,
esa idea ahora aprendida de que todo fluye,
todo cambia y nada se detiene.

La arena es un reflejo
de las geometrías del agua,
dice Lorena Wolfman, y acierta
en esta tarde irisada de luces y verdades.

Todo fluye, sí
y nosotros, pobres humanos,
somos como el agua…

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