“Soy
pesimista –dicen-
¡Ya
lo sé!
¡Siempre
habrá aprendices sobre la tierra!
Vladimir Maiacovski
Hay una mosca en mi habitación,
pero lleva toda la tarde sin ofrecerme la
oportunidad
de que acabe con ella.
Puede que sea el espíritu del mismo Kafka
o el espectro perdido de Gregorio Samsa que lucha
por volver.
O puede que haya comprendido el deber de respetarnos
el uno al otro,
de no interrumpir nuestro vuelo y nuestro trabajo,
de no desvelarnos con los problemas particulares
y trabajar así juntos por una sociedad más justa y
un mundo mejor,
porque es posible y necesario.
Puede, de todas formas, que ambos deseemos tener por
un momento,
unas palabras a solas con el otro,
para echarnos en cara mutuamente el papel que ambas
especies
hemos tenido en el transcurso de los acontecimientos
a lo largo de la historia: Pestes, epidemias,
guerras, hambrunas…
Así, yo pondría sobre la mesa,
los rostros cuajados de moscas de los niños que
mueren de hambre
y los de los cadáveres descompuestos tras las
batallas.
Y ella atestiguaría con certeza que es el ser humano
el culpable
de toda esta ralea en la historia: “Desigualdad,
injusticia, violencia,
miseria, diría, son la cuna donde nacen nuestras
larvas,
las que se os comerán un día, vivos o muertos, para
limpiar el planeta.
Somos en el fondo, seguiría, la escollera donde van
a parar vuestras vidas,
la última playa de vuestra conciencia,
la única, tal vez, que sea impermeable a vuestro
egoísmo.
Y además sólo pedimos una cosa: Dejadnos volar
y tomar constancia de nuestro vuelo.
Nuestras alas zumbando, sacuden así
los capilares más profundos de vuestro corazón…”
Por todo esto, ahora dudo de aquello que decía
Winston Churchill
de que somos
dueños de nuestro destino, y capitanes de nuestra alma…
Y una mierda…

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