“Dejaré
de buscarte
cuando
un niño me sonría
ignorando
el final que tomaron las perdices”
Manuela We (Manuela Ipiña)
La historia es cruel,
-Manuela lo sabe-,
cuanto más felices se acaban los cuentos,
más sufren los tristes del mundo,
los que siempre son ranas y nunca príncipes,
los que mueren en los caminos o en las cunetas
sin comer perdices de temporada.
Cuanto más aprende Caperucita su lección iniciática,
más golpes reciben los lobos en lo profundo del
bosque.
Cuanto más capital acumula ese empresario llamado
Marqués de Carabás,
más escarnio padece el ogro de los cuentos
a costa del gato y sus botas de siete leguas.
El mundo, muchacha,
está lleno de Pulgarcitos que hambrean
su bolsa de migas de pan.
Y las cenicientas siempre son grises
como esos cielos de plomo que guardan en su vientre
una lluvia fría y copiosa.
La historia es cruel, amiga,
nadie salva a los enanos de su trabajo en la mina
por mucha altura que tengan,
y una canción de carbón y grisú
sustituye cada día las alegres melodías que nos
enseñaron de niños.
Nosotros ya crecimos, compañera,
los patitos feos nunca llegaron a ser cisnes,
y al lobo lo mataron como a un perro,
colgándolo de un árbol,
una manada de hombres salvajes.
Blancanieves tiene la piel de Rumanía
y llora de madrugada en un burdel de carretera…
Yo no sé cómo decirte que los sueños no se cumplen,
que los estibadores violan, a veces, a las muchachas
de los puertos,
que los poderosos controlan todo el mercado de
nuestra imaginación,
que el sistema está corrupto y no está preparado
para escucharnos
y que de los cuentos que nos contaban para
enseñarnos
el camino de la vida, hoy, a penas, quedan dos o
tres supervivientes:
Grétel, la herbolera, en un claro del bosque,
Simbad, el náufrago, en una isla desierta
y la pequeña Campanilla, ignorada, vagabunda,
siempre a la intemperie,
sonando de vez en cuando, de madrugada
cuando llega a la estación el tren de todos los
días…

No hay comentarios:
Publicar un comentario