Se llamaban colmados, ultramarinos,
porque en sus estantes no había un hueco sin llenar
y porque tenían de todo, lo que venía de fuera, del territorio de ultramar:
conservas, fideos, escabeches, verduras, hortalizas,
embutidos, quesos, carnes, bacalaos en salazón, sopas de sobre,
pilas de recambio, mandiles, tabaco de liar…
y una balanza fiel que cabeceaba cuando se subían encima
las lonchas de jamón recién cortadas, la mortadela con aceitunas,
los primeros albaricoques del verano,
o los pimientos verdes y brillantes como gotas de lluvia sobre los charcos de la calle.
Licores, refrescos, aguardientes, papel higiénico, velas, detergentes,
escobas, recogedores y hasta palmetas para sacudir alfombras con forma de flor.
Estaban llenos de memoria, de conversaciones y chismorreos,
de confesiones de portal y de fiados que nunca se pagaban,
porque allí se miraba a los ojos más que al bolsillo.
Algunos tenían mostradores blancos, como en las boticas,
picados con la viruela de las cuentas hechas a lápiz,
pero yo prefería aquellos que conservaban la madera vieja, de siglos,
esa por la que habían pasado mil manos que la habían pulido como al alma de un niño.
Se llamaban colmados, ultramarinos
y en las horas de la mañana olían a pan, harina, aceite,
a bayeta recién pasada con amoniaco, a pastas de canela y a regaliz de palo.
Al mediodía, se tendían en una luna de madera mirando a la calle,
las sardinas, como un mandala, para que brillaran al sol,
y se arrojaban pedazos de pan para que vinieran y cantaran los pájaros del vecindario.
Al atardecer, aún se escuchaban, entre dos luces, los recuerdos de las voces dichas,
las últimas veces pedidas: ¿quién me da la vez?, ¿quién es la última…?
¡Ahora va usted, señorita!, decía el tendero bajo su bata azul, siempre recién planchada.
Se llamaban colmados, ultramarinos
y en ellos, entre idas y venidas, entre tanto olvido y desmemoria,
se nos fue la infancia y nos nacieron los recuerdos…
Iosu Moracho Cortés


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