París 2008
Tenía tanta hambre atrasada,
que aquella noche asaltó el museo de El Louvre
y se comió los faisanes madreperla
y el pan esponjoso de un bodegón holandés de un tal Vermeer.
Lluego, harto ya de pintura, se bebió el vino
de todas las copas que Brueghel el Viejo
pintó en La boda campesina.
Al amanecer, la policía lo encontró
en las escalinatas de acceso,
dormido a los pies de
Cuando lo despertaron, dijo
que él no había sido,
que cuando llegó, a la cosa esa, ya le faltaba la cabeza,
que había estado un buen rato buscándosela, -la cabeza-,
y que Cristo se le había aparecido en sueños
en los lavabos de un Carrefour,
para pedirle el favor de un espanto
que ahuyentara con lobos a esa noche de perros,
y que él, como buen cristiano, lo hizo…
Ese mismo día, su foto aparecía
en todos los periódicos vespertinos.
Su mujer y su hija
pagaron la fianza en la gendarmería
de
Hay quien dijo, que su sonrisa
tenía la misma complicidad
y el mismo toque risueño,
que la que tendrían Las tres gracias de Rubbens
después de asaltar un McDonald.

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