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sábado, 7 de enero de 2012

Las estrellas de la noche y los misterios del tiempo



Leo el librito de Eduardo Galeano,
Espejos: Una Historia casi universal,
y siento que media humanidad
anda mirándose como madrastras de este mundo
en un espejo que le miente y no le dice la verdad.

Leemos para no saber, para ignorar.
Vivimos de espaldas a la verdad, nadando entre mentiras,
porque en estas aguas nos sentimos más a salvo de todos los prójimos.

Nos perdemos así, la esencia de la vida,
que está en el encuentro con los otros y en el respeto a su otredad…

En el capítulo titulado Eurotodo (P. 103),
se cita la siguiente frase sobre los mayas,
tan de moda en este año cataclismático:

“Y mucho mejor que nadie, los mayas
habían conocido las estrellas,
los ojos de la noche y los misterios del tiempo”

Y pienso, sí. Conocer las estrellas,
mientras que otros sólo las miran o las observan, si pueden,
bajo parámetros de contaminación lumínica
sin solazarse de que son fruto de un diseño que las regó
para que fueran y fuéramos, caminantes en ese cielo repleto de luces.

Conocer significa trazar redes, trenzar caminos,
tejer el cielo de la noche
como un huipil bordado de luces
como esas blusas que lucen las indígenas Quichés, Kekchíes, Mames, Tojolabales, Tzotziles o Cakchiqueles,
en las que cuentan la historia de su pueblo,
sus orígenes ancestrales, su memoria de tierra y su nacimiento del maíz.

Los ojos de la noche,
en medio de la oscuridad, el rescate de la mirada de lo alto,
los grandes abuelos en el cielo:
Ixmucané, Ixbalanqué,
constelaciones para los hombres y mujeres de maíz,
orden en el caos,
cosmos en la estructura infinita de ese universo
que es pluriverso y metafórico como un gran poema
del Dios de la Vida.

Los misterios del tiempo,
su creación, su ensanchamiento, su expansión,
haciendo nuevas todas las cosas, condensando y dispersando la materia,
abarcándolo todo,
abrazando la creación como proceso evolutivo, no terminado,
en eras, como ellos decían, en tunes y katunes,
naciendo en cada instante con ella
y muriendo a ratos, para pasar a ser de nuevo lo que fuimos,
polvo de estrellas,
nada más que polvo de estrellas y materia oscura interestelar…

Y nosotros, en Europa,
creyéndonos que somos el centro del universo,
el ombligo de este mundo.

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