para esta noche.
Les ha dejado flotando galletas como barcos,
-lanchones de madera sobre la mar espesa-
para que nadie que no sepa nadar se ahogue de gozo.
Me ha pedido que las baje al coche cubiertas por un sombrero de
plástico,
para evitar que con las mareas altas la leche rebose el rompeolas,
y que las ponga delante, en el suelo, en el asiento del copiloto.
Luego se ha ido a trabajar sus ocho horas diarias
como cada fin de semana, cuidando ancianos.
Las luces blancas, delante,
las luces rojas, detrás.
Un mar de luciérnagas en la carretera de la vida,
donde ella ayuda a los que esperan el largo viaje
a instalarse en su último sueño.
Cuando a la tarde he ido a buscarla
para ir al pueblo en que viven los
cuñados,
-donde este año celebraremos la Nochebuena -
las natillas se movían en cada curva y saltaban con cada bache.
Ni una sola de las galletas ha recogido a un náufrago.
Pero esta noche, cuando quitemos al barco
su sombrero de plástico,
yo recordaré el largo viaje que han hecho por esta vida
todos los ancianos que ella cuida,
y pensaré en los que naufragaron antes,
mientras vea que los demás se relamen de gusto con las galletas
que ella puso sobre el mar de leche de sus natillas.


No hay comentarios:
Publicar un comentario